Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Manuel García Cienfuegos
Domingo, 4 febrero 2018

Qué viva el mandil por los siglos de los siglos

La historia del mandil viene desde tiempo inmemorial. Ni se sabe cuándo. Se pierde en la lejanía de los tiempos. Antes de que se fundara Emérita Augusta por los romanos ya había mandiles por la sierra de San Serván. Pues si que son antiguos. Más antiguos que los cordeles que los tienden y el hilo negro que también los cose.

El mandil es una pieza que utiliza el género femenino. Se equivoca porque también lo emplean los hombres. O es que usted no ha visto a carpinteros con mandiles, zapateros con mandiles, pasteleros con mandiles, panaderos con mandiles, pescaderos y carniceros con mandiles, churreros con mandiles y un sinfín de profesiones más. Ah, que me olvidaba de esos chefs de la cocina fusión, en la que dicen se integran todos los pueblos del mundo mundial, vestidos de negro riguroso, con un mandil que les llega a los tobillos, como si fueran de la funeraria. ¡Niño, qué miedo, toca madera! Más miedo da el puyazo de la factura transportada en una artística y noble caja sorpresa. Y qué me dice usted de esos camareros con mandiles de color Burdeos.

Pues que quiere que le diga, que pensaba que el mandil era cosa femenina; pero veo que no, lo usan tanto las mujeres como los hombres. Qué no se entera que estamos por la igualdad de las igualdades. Sí, tiene usted razón. Sin embargo, los de mi edad, más o menos la que tienen la mayoría de los Cazurrearum Romanorum Emeritensis”, relacionamos más el mandil con nuestras abuelas. ¡Ay, nuestras abuelas! con que arte y empaque llevaban su mandil, mejor que el capote del faraón de Camas haciendo el paseíllo en el albero de su Real Maestranza.

El mandil de las abuelas ha sido un beneficioso lugar de consuelo, afecto y refugio de nietos asustados, tímidos, avergonzados y llorosos por un sofocón. Esas abuelas cogiendo el rabo de un cazo puesto en el fuego con la leche al rojo vivo ¡La leche que le dieron!, y zas, rabo trincado por la acción del mandil. Esas abuelas con más de un kilo de maíz en el almacén del mandil, lanzando los vagos rubios en el corral de las gallinas pitas, pitas, pitas. Mandil que, por la acción de movimiento como las velas del Juan Sebastián Elcano en alta mar, ordenaba a las gallinas que entraran en el gallinero. ¡Que vivan los mandiles de las abuelas!

Esas abuelas cogiendo lo huevos de las gallinas ponedoras transportadas por la rapidez del furgón del mandil. Niño, ni Seur iguala en prontitud el reparto del género. Esas abuelas espantando con el mandil a un gallo entero con un encaste más bravo que un mihura. ¡Qué vivan las abuelas y sus mandiles! Esas abuelas agitando el mandil el día de la matanza, avisando así al personal que estaban listas las alubias del Barco de Ávila con todos sus avíos. Mandil diligente, con capacidad de reacción e improvisación ante cualquier urgencia que se presenta, como al sonar el llamador de la puerta y darnos cuenta, que la tapa del mueble de la entrada está llenita de polvo. Y mira, ese mandil que se desplaza por los cuatro puntos cardinales de la madera solucionando el polvazo que tenía. Lo de polvazo no me suena bien, que quiere que le diga. Corrijo entonces y acepto por definición, pequeñas partículas expandidas por la madera. ¡Qué fino y qué categoría tiene usted!

Mandil que ante una mancha en un azulejo blanco más el añadido de la saliva la elimina que no engaña ¡Que vivan por muchos años lo mandiles! Abuelas consoladoras de los berrinches de los nietos, que ante la abundancia en el lagrimeo y la aparición de unos churretes más anchos que los surcos de las viñas de Almendralejo, inundando la carita que era lavada, enjuagada y aclarada por el efecto purificador del mandil de la abuela. Ese delantal ilustre, venerable y fervoroso del mandil pletórico por el almacenaje de pinzas de la ropa, que parece el teclado de un piano. Esas abuelas con el delantal guarnecido, traspasado, agujereado por alfileres, imperdibles y agujas, tantas o más que el acerico de un sastre. ¡Olé por los mandiles!

En este panegírico dedicado al mandil de toda la vida, no puedo dejar de nominar el uso del mandil eliminando el vaho de los cristales producido en una mañana de invierno por el contraste del calorcito de casa y la gélida temperatura del exterior. No se enrolle usted, que se parece a Roberto Brasero y termine de una vez. Pues eso, que el mandil limpia cristales es el origen del lema de nuestra Real Academia Española ¡No me lo puedo creer! Pues ahí va: Limpia, fija y da esplendor. 

Por todo ello proclamo que el mandil no es cosa menor, es cosa mayor. Y como tal cosa es mayor, pido para que los abuelos de la chirigota de los Cazurrearum Romanorum Emeritensis”, personalicen los mandiles, los hay monísimos, de sus queridas esposas que son abuelas, con los nombres bordados de: Mari Carmen, del abuelo Paco Bastida; Balbi, del abuelo Carmona; Ana María, del abuelo Jacinto; Ángela, del abuelo Pepe; Primi, del abuelo Andrés; Manoli, del abuelo Rafa; Mari, del abuelo Vaquero; Mercedes del abuelo Puente; Consuelo, del abuelo Pérez; Mari, del abuelo Maxi; Ángela Mari del abuelo Godo, y Cati, del abuelo Félix. Doce abuelos y doce abuelas. Total, el colegio apostólico mayor de los “Cazurrearum”. Más de mil quinientos años.

Al año que viene solicitaré que se personalicen los mandiles de los abuelos, con el detallito de estos versos: “Debajo de tu mandil había una rana que ranaba; nadie con la rana dio, pero yo di con la rana”. ¡Que viva el mandil por los siglos de los siglos! Y san se acabó, chacho.

 

Artículo publicado en la revista de la chirigota “Cazurros Romanos” de la ciudad de Mérida, que este año celebran el XXXV aniversario en el Carnaval Romano de Mérida

 

 

Crónicas de un Pueblo • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados.