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Andrés Acevedo
Última actualización 14:13
Miércoles, 3 enero 2018

El por qué de la ansiedad

Alguna vez has sentido que tu corazón late demasiado deprisa, te cuesta respirar, tus manos están congeladas y no paras de sudar? Todos estos síntomas son producidos por una activación del Sistema Nervioso Simpático, que es el encargado de preparar al organismo para la acción.
Es probable que cuando sentiste estos síntomas no estuvieses corriendo los 100 metros lisos ni huyendo de ningún peligro inminente. Sin embargo, tu cerebro así lo interpretó.
Cuando nuestro cerebro evolucionó hace millones de años, no había cosa más importante que poder defenderse de los posibles peligros ambientales. Para ello podía llevar a cabo dos respuestas: afrontar el peligro y luchar contra él o huir si se consideraba que excedía nuestros recursos.
Si te dispones a salir corriendo de un animal peligroso es muy beneficioso que tu corazón lata rápido para poder enviar sangre a tus músculos, que tu respiración se acelere para poder oxigenar bien esa sangre, que esa sangre se envíe prioritariamente a los órganos vitales y que la sudoración te ayude a refrigerar el exceso de calor a que el organismo se ve sometido. Esta es la explicación de los síntomas tan desagradables que sentiste: es adaptativo comportarse de esa forma, de lo contrario podrías morir.
Pero, tú no te encontrabas huyendo de un animal peligroso aquel día. Tú estabas hablando en público y esos síntomas no sólo no fueron adaptativos sino que, además, te dificultaron mucho la tarea.
¿Por qué, entonces, tu cerebro reaccionó ante esa situación neutra como si corrieses un grave peligro? La respuesta es sencilla: porque tú mismo le dijiste que tratase ese estímulo como si fuese un león. Seguramente, te dedicaste a repasar una y otra vez lo delicada que era esa situación, lo expuesto que quedarías ante los demás, lo hostil que serían las preguntas, lo catastrófico que sería que se burlasen de ti… Trataste ese estímulo como algo muy peligroso y tu cerebro se limitó a reaccionar ante un estímulo potencialmente dañino como únicamente conoce: preparándose para luchar o para huir.
Todos los problemas de ansiedad tienen esa característica común: la persona ha enseñado a su cerebro lo peligroso que resulta un ascensor, hablar con personas desconocidas, ir a lugares concurridos o no lavarse inmediatamente las manos tras tocar algo que se considera sucio.
Ya no estamos expuestos a los mismos riesgos que hace algunos millones de años, ni siquiera a los de hace apenas unos siglos pero, si seguimos tratando estímulos neutros como verdaderamente peligrosos, sentiremos unos síntomas tan desagradables como si nos estuviese persiguiendo un león.

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