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Elisa Martín Crespo
Última actualización 17:55
Miércoles, 3 enero 2018

Casi un cuento de Navidad

A los 18 años, una edad en la que la mayoría de los chavales están al cobijo de sus familias, Luis ya estaba en la cárcel, en la Modelo de Barcelona. Y por un asunto trágico de verdad. Allí empezó, sujetándose como podía, hasta que le dieron la noticia de que el fiscal pedía para él  44 años de cárcel. Ante el abismo que se le abrió delante, dejó de sujetarse y cayó en el consumo de heroína, que corría a raudales por el centro. Y después vino todo lo demás, el paquete completo, con sida incluido. A partir de ahí, la vida de Luis fue un entrar y salir del agujero. Dentro y fuera de la cárcel, calle, heroína, dependencia, actos cada vez más desacertados, tratando de levantar la cabeza en las mejores rachas.


Su camino y el mío se cruzaron unos días antes de Nochebuena. Él era alumno de un curso de Habilidades Sociales que yo impartía, durante tres tardes de diciembre, organizado por la Plataforma del Voluntariado de Extremadura.  Junto a varios voluntarios de Cruz Roja y otras organizaciones, llegó un grupo de usuarios de Camino a la Vida, una asociación que cuenta con un centro de emergencia social, donde atiende a  personas en situación de exclusión social o con problemas de adicción. Allí estaba Luis, junto a otros compañeros de ese centro. Yo no sabía nada de este grupo  y ellos no tenían muy claro dónde venían. Como diría Schopenhauer, el destino mezcla las cartas y nosotros las jugamos. Se sentaron todos en aula con una expresión un tanto inquieta, pero muy atenta y empezó el juego.


No hablamos de sida, ni de heroína, ni de marginación, ni de la dureza de la vida en la calle. Todo eso estaba fuera de nuestro tema. Las habilidades sociales son una serie de estrategias para relacionarnos bien con el mundo que nos rodea. Un encaje de bolillos que resulta muy útil cuando le cogemos el paso. Hablamos de asertividad, de la importancia de elegir bien las palabras, de contener la impulsividad, de expresar nuestros deseos y nuestros derechos sin ofender a los demás, pero sin dejar que nos pisen el terreno. También de la sonrisa, de los saludos, de escuchar atentamente. Cuando tocó practicar como decir No (cuando queremos decir no) fui consciente que esta vez, ese NO no estaba dirigido a una acción cualquiera, sino que podía ser la diferencia entre la vida y la muerte, entre la dignidad y el abismo. Tengo que decir que todas y cada una de las personas que allí estuvieron aportaron tantas cosas buenas que la formación se convirtió en toda una escuela de la vida. La valoración final de Luis me emocionó: “Mis mejores días de los últimos años”. Creo que, por fin, se sintió uno más. Las etiquetas desaparecieron. Mil gracias, Luis, por este regalo.


Dedicado a todo el maravilloso grupo de alumn@s del curso de Habilidades Sociales.


Elisa Martin, periodista y coach certificada

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