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Manuel García Cienfuegos
Lunes, 4 diciembre 2017

Traigo un pajarito que sabe cantar

Poco antes de que llegase el primer toque de campanas para la misa del Gallo, doña Rafaela Guisado subía los peldaños de la escalera grande del atrio de la iglesia. No quería molestar a la gente porque aquellas misas se ponían entonces de bote en bote. Recorría el corto trayecto desde su casa de la calle Peñas hasta la parroquia de San Pedro. Se protegía del frío de la nochebuena con un abrigo negro que contrastaba con el blanco de sus cabellos. Un año más acudía para celebrar la misa del Gallo, en la que se anuncia que el Niño nace.

Durante las tardes de diciembre, las risas de las niñas del coro habían alegrado la casa de doña Rafaela. Ella, exigente, constante y machacona había repetido los villancicos una y mil veces en los ensayos. Quería que todo saliese bien, pues una de sus máximas era la perfección. A doña Rafaela le esperaban los monaguillos en la puerta de la iglesia. La querían mucho. Sonrientes le dijeron que don José Zambrano, el párroco, ya estaba en la sacristía y las niñas del coro también. Tras tomar agua bendita de la pila, hacer la señal de la cruz y unos minutos de oración, se dirigió hacia el armónium. Allí interpeló a las niñas “Dejad quieta la pandereta”. Levantó la tapa y acarició su teclado. Movió los pies apretando hacia abajo y soltando hacia arriba los fuelles que impulsaban el sonido. Todo estaba en orden. Mientras, la gente se apretaba en los bancos esperando que la Misa comenzase.

Eran tiempos en los que la homilía, tras proclamar el Evangelio, se hacía desde el púlpito, cuyo lugar estaba entre la capilla de la Sagrada Familia y la columna que separa la nave central con el crucero. Allí se subía don José Zambrano para comunicar a la feligresía la buena noticia que traía la Navidad: “Hoy nos ha nacido un Salvador”.

Al llegar la comunión las niñas del coro rodeaban el armónium. Aquellas voces finas se preparaban para cantar los villancicos, acompañados por la música que hacía doña Rafaela, bajo el ritmo de la pandereta y un almirez. En la letra de los villancicos está la personalidad de esta gran mujer, compositora y pianista. Una mujer generosa, sencilla, buena, devota, muy religiosa y autodidacta. Doña Rafaela no cursó estudios académicos ni universitarios, pero estuvo dotada de unas cualidades excepcionales para la música que muchos académicos ni pudieron ni fueron capaces de igualar.

Nada más bajar el párroco las gradas del presbiterio y dirigirse al comulgatorio para repartir la comunión, sonaba el primer villancico: “Resuene el pandero/ que es día de alegría/ que ha venido un niño/ la Virgen María… Dormido entre pajas/tirita de frío/ Ay ven que te cante niñito mío”. Y después, sin apenas dejar de tocar el armónium se escuchaba: “Madre, a la puerta hay un niño/ más hermoso que el sol bello/ diciendo que tiene frío/ porque el pobre viene en cueros”. Al acabar la Misa del gallo se procedía a la adoración del Niño, poniendo el coro de niñas mayor énfasis al cantar los villancicos: “La mulita y el buey/ están de rodillas/ adorando un pesebre de maravilla/ Hay un niño entre pajas/ muerto de frío/ porque tu corazón/ no le da abrigo”. Seguidamente el templo de san Pedro acogía la llegada del canto a los pastores: Venid pastores/ tocad tambores/ tocad platillos/ tocad rabel/ Porque ha nacido/ un lindo niño/ como el armiño/ Dios de Israel. Y luego otro: Doncella hermosa/ gloria de Israel/ dame, dame al Niño/ que lo quiero ver/ Vamos a Belén/ Vamos a Belén/ que yo quiero ver/ a la Madre Virgen/ y al Niño también. Reservaba doña Rafaela para el final, mientras que la feligresía se entrecruzaban felicitaciones navideñas, uno de sus villancicos más populares, El Pajarito: “Yo vengo del monte/por ver a un zagal/traigo un pajarito/que sabe cantar/Atended, escuchad/Que lindo, que bello/qué gloria nos da/Prosigue cantando/al Rey celestial”

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