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Elisa Martín
Última actualización Viernes, 10 noviembre 2017 11:47
Martes, 7 noviembre 2017

No me digas que me quieres, quiéreme

Hace unos meses escuché por primera vez esta frase en una canción y vinieron de repente a mi cabeza un montón de recuerdos de mi época adolescente, cuando empezábamos a vernos las caras con el amor. En nuestro grupo de amigas, cada una entendió el asunto de una manera y lo vivía de distinta forma, como suele pasar. Todas cometíamos errores, pero había patrones que se repetían con una preocupante insistencia.. Algunas eran especialistas en parejas que actuaban con auténtico desapego, apareciendo y desapareciendo sin mucha explicación, pero se arreglaba con un golpe de efecto en forma de ramo de flores, regalos y mucha palabrería “Yo te quiero, eso es lo importante”. Otras buscaban desesperadamente tener siempre una pareja y, para cubrir esa necesidad, cualquiera les valía. Con lo que pasaban por su lado todo un catálogo de la más dudosa intención. También teníamos el modelo narcisista, aquella que tenía que verse seductora de la mañana a la noche, y necesitaba la admiración de todo chico que pasaba a su lado, estuviera emparejado o no, lanzando fuego a discreción. Había otras que se pasaban el tiempo persiguiendo amores imposibles, inalcanzables, y sufriendo por ello de forma permanente. Y la que aguantaba todo tipo de malas palabras, peores caras, críticas, mandatos y correctivos agachando la cabeza como si ella no tuviera opiniones y objetivos propios y su rumbo tuviera que ser marcado por el novio de turno. En todas aquellas aventuras siempre había momentos de palabras bonitas y promesas de cuento, pero poca consistencia real, en el día a día.

 

El psicólogo Iñaki  Piñuel, en su libro “Las trampas del amor”, enumera algunos de estos patrones, que se dan en mujeres y en hombres, para explicar por qué fracasan las relaciones. Y últimamente, por desgracia, fracasan muchas. Ya no son adolescentes. En muchas ocasiones, si han empezado una vida en común son familias que se rompen con secuelas verdaderamente dramáticas, son hijos desorientados viendo como sus padres se convierten en enemigos. Y, en casos extremos, son mujeres víctimas de malos tratos que se mantienen a lo largo de muchos años.
 

Mi propuesta es simple, como dice ese estribillo: “No me digas que me quieres, quiéreme”. Para ser buenos compañeros en el viaje de la vida es necesaria una confianza absoluta, cuidado mutuo, una comunicación sincera,  impulso y apoyo para desarrollarnos de forma individual, respeto por las diferentes visiones,  ausencia de violencia física y verbal. El amor funciona con el afán por construir con las propuestas de los dos y el cariño sin reservas. Y si todo eso no existe, déjame de flores, regalos y palabritas, que son una pura trampa.


Elisa Martin es periodista y coach certificada

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