Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies

Teodoro Gracia
Última actualización 11:32
Jueves, 3 agosto 2017

El sapo vago

Erase una vez un sapo muy vago que vivía aislado en un mundo irreal montado por él y para él. Tenía una lengua muy, muy larga la cual no usaba verbalmente porque prefería las redes sociales para decir lo que era incapaz de decir dando la cara. Era un sapo común, tirando a vulgar, que no infundía ningún miedo a nadie, por eso seguramente apenas sus opiniones se las tomaban en serio. La gente del pueblo, conocía su trayectoria y nada tenía credibilidad de lo que decía o contaba en sus alucinaciones. Es más, pocos querían tener trato con él.Todos lo invitaban continuamente a la actividad, a desarrollar su fuerza dando saltos positivos y dinámicos pero era tan sumamente vago que prefería dormirse, no en los laureles porque no ha tenido nunca ninguno, a pierna suelta para después salir del letargo y disfrutar comiendo y bebiendo.  Eso sí, aunque bebía habitualmente jamás perdió el conocimiento ¿será porque no lo tiene?, no sé, el caso que cuando no estaba en este tipo de actividad que es en la que mejor se mueve, le gustaba criticar sin ningún tipo de información ni escrúpulos y lo hacía sobre personas que siempre había respetado su inactiva vida de sapo vago. Personas que jamás le han dedicado, ni para bien ni para mal, ni un mínimo minuto de tiempo.
¡Qué equivocado está!. Siempre opinando desde el rencor, sin información, acusando en falso y hasta permitiéndose el lujo de despreciar y ridiculizar al prójimo pero era una aldea tan pequeña, tan pequeña, que todos los habitantes se conocían y claro, analizando cada trayectoria siempre el sapo salía perdiendo.
Intentaba vender sueños imposibles, ideas surrealistas y todo a través de un mensaje extraño, ambiguo, raro, poco creíble y por supuesto, no encontraba la manera de que alguien tomara en serio sus opiniones. Al final, al pobre no le quedaba más remedio que quedarse encerrado en su habitáculo, triste, aburrido y sin más compañía que su propia sombra.
Seguramente el sapo alguna vez pensó: -¡Que infeliz soy! ¿Por qué no consigo molestar a todo el que ataco? ¿Por qué sonríen cuando deberían estar dolidos por mis comentarios?
Curiosamente, la voz de la conciencia que transformada en una pequeña lucecita apareció por allí, escuchó sus lamentos y le preguntó:
-¿Qué te pasa amigo?
- Pues que estoy muy apenado. No encuentro la manera de opinar dañando.
- ¿Sabes porque no hieres? –le dijo- Porque tus opiniones están basadas en mentiras y todos lo saben. El día que opines con la verdad seguro que te irá mejor la vida.
Y colorín, colorado este cuento se ha acabado. Por cierto, está basado en hechos reales.

 

Crónicas de un Pueblo • Términos de usoPolítica de PrivacidadMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados.