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Manuel García Cienfuegos
Lunes, 3 julio 2017

Antonio López Molina

Reconozco que admiro la obra del pintor Antonio López García. La conocí más de cerca cuando visité su exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, en septiembre de 2011. Este artista señala que “una obra nunca se acaba, sino que se llega al límite de las propias posibilidades”. Tres años antes de que naciera el pintor Antonio López García, veía la luz en la calle Fernández Caballero de Montijo, nuestro paisano Antonio López Molina, maestro ebanista, del que me entusiasma su obra como maestro artesano de la madera. Antonio López García, el pintor, trabaja sobre la obra que sostiene el caballete con una ejecución lenta, meditada, destilando con cada pincelada la esencia del objeto que consigue plasmar. Antonio López Molina, el maestro ebanista, trabaja sobre el banco en el que diseña, proyecta, crea, desbasta, alisa, lija y barniza bajo la inspiración por la artesanía precisa de su trabajo, junto con la nobleza de las maderas que emplea y moldea.

Antonio López Molina es nieto de Antonio López Abadito, maestro zapatero, primer presidente del Círculo de Artesanos ‘El Progreso’, tras su fundación en 1900, cuando el Casino estuvo en una casa de la plazuela de los Piñero. El abuelo abandonó la zapatería por un comercio de comestibles. Su hijo, Pedro López Hernández, padre de Antonio, hermanó las maderas abriendo un taller de carpintería en la casa que hace esquina entre las calles Santa Ana y Fernández Caballero. Allí, aquel taller produjo sueños inquietos en el maestro Pedro, percibiendo cómo Antonio, su hijo, andaba desde pequeño con las maderas por el aprendizaje que muy pronto le daría en sus quehaceres una buena oficialía.

Antes, Antonio López recibió las enseñanzas de don Emilio, su maestro, en las Escuelas Unitarias, instaladas entonces en la planta baja de la Hermandad de Labradores. Leer, escribir sin faltas de ortografías, las cuatro reglas y una buena caligrafía, que compartía junto con las enseñanzas del maestro Cuevas, en el taller de carpintería de la Escuela de Artes y Oficios cuando ésta, en sus comienzos, estaba en la calle Mérida, en el edificio que años antes había acogido la Casa del Pueblo. Así fue y pasó porque en tiempos antiguos, los hijos no imaginaban otro futuro que proseguir con el oficio de los padres, y los padres no podían aspirar más que dejar a sus herederos el camino del trabajo que deberían seguir.

El ovillo del recuerdo trae una fotografía de una mañana de Feria, en la que Antonio, allí, en lo más alto, en El Piquete, junto a La Parra, mostraba con catorce años su buen hacer en unos carritos de labranza que los muchachos enferiaban en aquellos años de escasez y dureza. Antonio López recibió las enseñanzas de un ejemplar maestro, Mariano Aunión Rodríguez, en las Escuelas de Artes y Oficios, siendo premiado con una beca por un trabajo hecho con el torno, y en el V Concurso de Formación Profesional. Padre e hijo siguieron trabajando juntos. Ante la llegada de las Colonias Penitenciarias Militarizadas, con el Plan Badajoz, Pedro López Hernández trabajó en ellas en el empleo de maestro carpintero. Las Colonias estaban bajo el mando del teniente coronel Máximo Briones. Cinco años después llegaría a ellas Antonio López. Tras el cierre de éstas, Antonio se independizó de su padre y comenzó por su cuenta. Primero abrió taller en la calle Gabriel y Galán, luego, otra vez, en Fernández Caballero en la casa donde nació y, definitivamente en la actual de Alcolea, en los que Antonio fue sacando una extensa nómina productiva a las maderas de haya, castaño y roble, en un amplísimo catálogo de muebles cálidos por su calidad y maestría. Antonio López, maestro ebanista, que ha ido moldeando a golpe de gubia y garlopa el ébano de los quehaceres y los días traspasando su maestría y artesanía a Antonio López Piñero, su hijo. Que sea por muchos años, Antonio.

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