Libros “nuevos”
El otro día apareció en no me acuerdo qué medio de comunicación un representante de los libreros españoles, gremio contra el que por supuesto no tengo nada. Pero, ¡vaya cara tenía el señor! El tipo en cuestión defendía su negocio (cosa, evidentemente, lógica) con el siguiente argumento: los libros de texto son una inversión en cultura. Claaaaaro. Pero, desgranemos un poco el tema: para empezar, lo serían si se compraran una sola vez, pero si todos los años hay que pagar las mismas acciones, la bolsa se queda sin fondo.
Es como si para cambiar un neumático al coche tuviéramos que desembolsar otra vez el coste total del vehículo. También hay que tener en cuenta que la mayoría de ellos tienen una estructura absurda, pues dedican exactamente el mismo número de páginas a cada tema, sea cuál sea.
Es decir, para la editorial es igual de complicado el teorema de Pitágoras que el cálculo de límites, o la literatura del Siglo de Oro que las características del lenguaje periodístico. Imaginad que nuestros padres hubiesen puesto el cronómetro para contestar nuestras dudas, porque todas se explican exactamente en el mismo tiempo. Aparte, hay otro tema peliagudo: muchos de los textos obligatorios en los centros lo son, según tengo entendido (aunque, sinceramente, prefiero y espero equivocarme), por acuerdos económicos entre ellos y las editoriales. O sea, que lo que a veces (espero y confío que en las menos) prima no es la futura preparación del alumnado.
Hasta aquí una parte de la historia.
Ahora está la parte de las familias, cuyo mayor argumento no es que la calidad del libro sea una mierda, o que este texto no se ajuste al temario, o simplemente que es absurdo comprar algo que ya se tiene, salvo la portada. No. La razón de más peso para el cabreo es que son caros, unos 250 euros por niño. Hombre, la broma no está mal, pero comparemos este gasto, que al fin y al cabo va a servir para la educación de los hijos, y es un gasto anual, con otros.
¿No es más caro en comparación, y un gasto mucho más desmesurado, pagar 3 o más euros por un mísero bolígrafo por el simple detalle de que pone Jordi Labanda o Agata Ruiz de la Prada? ¡Tres euros! Por lo menos se podía aprovechar y participar en “un bolígrafo, un juguete”, ¡vamos, digo yo!
¿Y las libretas (todas mal usadas) de 6 eurazos, o la carpetita de la Montana esa? Eso si que es para quejarse, y no los 25 que cuesta un libro.
¿Cuánto dinero gastamos al año (el que lo haga, que no es mi caso) en el jodido canal del futbol? Cuota mensual, a la que hay que añadir un coste por el partido de la jornada…total, una pasta. Pero…¡cualquiera nos quita el futbol!
¡Anda con el niño, y que se ponga a trabajar, leche! Por no hablar de esas otras tantas cosas.
El otro día apareció en no me acuerdo qué medio de comunicación un representante de los libreros españoles, gremio contra el que por supuesto no tengo nada. Pero, ¡vaya cara tenía el señor! El tipo en cuestión defendía su negocio (cosa, evidentemente, lógica) con el siguiente argumento: los libros de texto son una inversión en cultura. Claaaaaro. Pero, desgranemos un poco el tema: para empezar, lo serían si se compraran una sola vez, pero si todos los años hay que pagar las mismas acciones, la bolsa se queda sin fondo.
Es como si para cambiar un neumático al coche tuviéramos que desembolsar otra vez el coste total del vehículo. También hay que tener en cuenta que la mayoría de ellos tienen una estructura absurda, pues dedican exactamente el mismo número de páginas a cada tema, sea cuál sea.
Es decir, para la editorial es igual de complicado el teorema de Pitágoras que el cálculo de límites, o la literatura del Siglo de Oro que las características del lenguaje periodístico. Imaginad que nuestros padres hubiesen puesto el cronómetro para contestar nuestras dudas, porque todas se explican exactamente en el mismo tiempo. Aparte, hay otro tema peliagudo: muchos de los textos obligatorios en los centros lo son, según tengo entendido (aunque, sinceramente, prefiero y espero equivocarme), por acuerdos económicos entre ellos y las editoriales. O sea, que lo que a veces (espero y confío que en las menos) prima no es la futura preparación del alumnado.
Hasta aquí una parte de la historia.
Ahora está la parte de las familias, cuyo mayor argumento no es que la calidad del libro sea una mierda, o que este texto no se ajuste al temario, o simplemente que es absurdo comprar algo que ya se tiene, salvo la portada. No. La razón de más peso para el cabreo es que son caros, unos 250 euros por niño. Hombre, la broma no está mal, pero comparemos este gasto, que al fin y al cabo va a servir para la educación de los hijos, y es un gasto anual, con otros.
¿No es más caro en comparación, y un gasto mucho más desmesurado, pagar 3 o más euros por un mísero bolígrafo por el simple detalle de que pone Jordi Labanda o Agata Ruiz de la Prada? ¡Tres euros! Por lo menos se podía aprovechar y participar en “un bolígrafo, un juguete”, ¡vamos, digo yo!
¿Y las libretas (todas mal usadas) de 6 eurazos, o la carpetita de la Montana esa? Eso si que es para quejarse, y no los 25 que cuesta un libro.
¿Cuánto dinero gastamos al año (el que lo haga, que no es mi caso) en el jodido canal del futbol? Cuota mensual, a la que hay que añadir un coste por el partido de la jornada…total, una pasta. Pero…¡cualquiera nos quita el futbol!
¡Anda con el niño, y que se ponga a trabajar, leche! Por no hablar de esas otras tantas cosas.



















