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Pedro Gutiérrez
Última actualización 14:36
Martes, 4 abril 2017

Música y creación

Primero fue la palabra. Mi corazón se estremeció ante el fulgor de la palabra, y mi mente fue lanzada a esa dimensión sin límites en la que todo es posible. Abrí todas mis ventanas y puertas para que todo entrara y saliera sin esfuerzo. Las improvisadas combinaciones, los juegos atrevidos con infinidad de verbos, adjetivos y nombres musicales, acudían a la llamada de la palabra única. Frases inexplicables, frases hermosas se hacían a sí mismas, dirigidas por una misteriosa ley de afinidades y discrepancias, formando un conjunto luminoso cuya finalidad parecía ser la belleza de las formas y el encanto del sonido. Trabajaba como si escribiera en el agua, a sabiendas que no quedará nada, y me sentía libre para hacer lo que quisiera, porque el agua lo absorbe todo, porque todo a mi alrededor se había convertido en un acuario: algunas cosas flotaban, otras no. Algunas respiraban y otras se ahogaban... Utilizaba esa libertad para explorar territorios desconocidos, en busca de un agüjero por donde ver lo que se debe hacer, penetrando en una zona donde no hay nadie más, atento a los pasos dados sin desviar el rumbo. Traspasé el umbral de la fantasía y la imaginación, y me encontré con la materia con la que se hacen los sueños.
Nada estaba prohibido, ni ninguna práctica musical estaba excluida: repeticiones, fusiones, variaciones, iniciativas, equivocaciones, acumulaciones, selecciones... respiraciones q     ue daban lugar a flujos y éxtasis que transformaban lo existente en algo fresco. Intentaba descifrar el orden dentro del caos, que se manifestaba con su peculiar lenguaje caprichoso y libre, un laberinto en la torre de Babel donde nada tenía sentido. De esa nada, brotaba un nuevo sonido, desde un comienzo casi primitivo, que me invitaba a relacionarme con la realidad del momento presente, en forma de meditación, donde todo se unificaba a través de la música, como arte que lo aglutina todo: matemática, ciencia, número, dibujo, espacio, volumen, movimiento, narración, concentración, memoria, historia, filosofía y un lenguaje secreto que aún no he logrado descifrar.
​Pero la idea de lo que una sola palabra quería expresar, se había perdido en aquella espléndida manifestación de posibilidades armónicas. Para recuperarla tuve que abandonar la región del “porque si”, y someterme al orden y a la coherencia. Con gran dificultad, casi con sufrimiento  y utilizando lo que mi memoria pudo recuperar de aquel juego improvisado, ordené, controlé y medí, imponiendo al todo un ritmo preconcebido. Cuando por fin creí que había concluido mi obra, me sentí feliz. Lo escrito expresaba con bastante fidelidad lo que  quería decir. Aquello era inteligible y coherente, tenía fuerza y era bello. Lo leí de nuevo buscando la palabra que había conmovido mi corazón, sin encontrarla. La había olvidado...a veces ocurren estas cosas.

 

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