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Última actualización 19:24
Viernes, 3 marzo 2017

Si quieres miel, no des puntapiés a la colmena

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Primero ser y luego enseñar. Esa es una de las ideas más importantes que destacó Mar Romera, experta en inteligencia emocional en el aula, en un curso al que he tenido la suerte de asistir recientemente. “Haz lo que yo diga y no lo que yo haga” es un mensaje inútil cuando el que habla es el referente del que escucha, que espera ver un modelo de comportamiento. Si el profesor plantea la cortesía y la generosidad entre compañeros, más vale que lo cumpla en su trato con todos y cada uno de sus alumnos y que olvide las antipatías personales. Porque si no, estará educando en la intransigencia. A partir de esa premisa, llevo varios días dándole vuelta a la importancia que tiene la coherencia en todos los ámbitos.  En la familia, podemos hablar de castigos desproporcionados, promesas incumplidas, normas que los propios padres nos saltamos a la primera de cambio (“Aunque yo fume, tú no lo hagas que es muy perjudicial”). Y lo que es peor:  te quiero incondicionalmente.  Pero, eso sí, cumple mis expectativas, porque de la frustración sale la ira. Perdón, pero.. ¿Eso no es poner condiciones?.  

 


Nos declaramos defensores del Medio Ambiento mientras nos metemos una hora debajo de la ducha o hablamos de la importancia del ahorro y la prudencia mientras caemos en todas las trampas del consumo. En la empresa, huele a tufo cuando la persona que lidera habla de calidad y confianza, para demostrar acto seguido que el dinero es lo único que le importa. Y si hay que pisar, se pisa a quien haga falta. En cuanto a las incoherencias de los políticos, ese tema da para escribir no un artículo, sino una enciclopedia, porque la política es una pura discordancia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se pregona y lo que se aplica a uno mismo.  Pero también entre los votantes y militantes de los partidos: soy de izquierda pero en mi vida personal rigen valores de la derecha, soy de derechas y me aplico las bondades de la izquierda cuando me conviene. Ni siquiera con la vida somos coherentes. Nos da miedo la muerte, pero no dejamos el móvil mientras conducimos.

 


Puede ser que esto nos pase porque los valores que decimos que abanderamos no son nuestros realmente. Algunos obedecen a la moda o a lo que hemos escuchado a personas que admiramos, más que a lo que realmente nos mueve. Lo cierto es que las contradicciones tienen mucho peligro porque, a partir de ese momento, nos quedamos totalmente al descubierto, perdemos credibilidad y en el cerebro o el corazón del otro se fija una alarma de desconfianza. Puede que sea la coherencia, y no la paciencia, la madre de todas las ciencias.

 

Elisa Martin, periodista y coach certificada

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