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Última actualización 19:21
Viernes, 3 marzo 2017

Ultramarinos y coloniales (II)

Han pasado días destinados al gozo de la vida, al entusiasmo de la felicidad, a la alegría compartida por un pueblo que en lugar de levantarse en armas -eso nunca- se levanta en fiestas por Carnaval. Porque de vez en cuando conviene que juguemos con la vida, porque la vida juega con nosotros sin avisar. Aunque debo decir, que la más perfecta sintonía que ella nos regala es la libertad.

 


Continúo con los Ultramarinos y coloniales. El frontal del establecimiento estaba tomado por una estantería. Allí con solemnidad y orden se hermanaban los tarros de aceitunas rellenas de pimiento, de anchoas. Las cajas litografiadas del Cola Cao, el dulce de membrillo de Puente Genil y melocotón en almíbar. Las botellas de aceite, de vinagre. Los aguardientes y licores. Los tarros de miel, los paquetes de maicena, las pastas y los fideos. Los huevos, el queso. Las conservas, mejillones, palometas, caballas, bonito… La sal, el pimentón. Las especias, azafrán, clavo, comino, canela… Las patatas, las galletas, las perrunillas, las magdalenas y el chocolate.

 


¡Ay el chocolate! Cómo fue supliendo al socorrido canterón -trozo de pan con un pequeño hoyo al que se le echaba aceite y azúcar- por medio de una cualificada técnica de promoción y marketing ¿Recordáis al chocolate Kitín Nogueroles? ¿Cuántas tabletas nos hemos comido en las merendillas? Merendillas saludables y formativas puesto que en cada tableta venían cromos coleccionables para el álbum “Caza Mayor”. Elefantes, cocodrilos, gorilas, leones, tigres, hipopótamos, rinocerontes, serpientes, panteras, antílopes, jirafas… salidas de las sabanas africanas de Kenia y Tanzania. Aquel mundo de caza y fieras que nos embelesaba y distraía a la hora de hacer los deberes de la escuela, acompasado por el suave pedaleo de la máquina de coser “Singer” o el leve sonido del choque de la aguja y el dedal, en la faena del remiendo-zurcido de un veterano calcetín.

 


En los cajones de la estantería, el dependiente despachaba para la clientela los garbanzos, las alubias, el arroz, el azúcar… entrando en ellos una paleta de metal, acarreando el género a la báscula. ¿Serán buenos los garbanzos? El dependiente que era como de la familia, asentía con la cabeza manifestando que eran buenísimos, introduciendo sus manos en los bolsillos de su baby de color crudillo o gris claro, ya que el oscuro y el azul se reservaban para los que faenaban en el gremio de los ferreteros. He querido dejar atrás, a propósito, el cuchillo del jamón que estaba también junto a otros para cortar el queso y el tocino sobre el mostrador. La primera imagen que tengo de estas tiendas fue a la salida de la consulta del médico, quien me había prescrito por una enfermedad en el pulmón dos meses de reposo ¡Ahí es nada! De regreso a casa, mi madre entró en el comercio de Pedro Gragera (coloniales y embutidos, especialidad en jamones). En aquel comercio de la Plaza de los Piñero estuvo antes la farmacia del republicano Santiago Cea, luego su comercio y ahora sede de la Policía Municipal.

 


Los laberintos de la memoria me llevan a la figura de aquel hombre bajito, de cara sonrosada y pelo blanco, perteneciente a la saga de los Gragera -sus hermanos, Julio, Tomás y Francisco también tuvieron ultramarinos, en la plaza de España, de Santa Clara y barrio de la Pringue- y de cómo manejaba el cuchillo jamonero, ritual imborrable. ¡Señores que el jamón se reservaba para el restablecimiento de los enfermos de pecho! “Pedro, dame cien gramos de jamón, que el niño está malo”. Mientras, sobre un lateral, el fraile del tiempo -el del puntero y la capucha- alojado en una artística capilla de cartón -higrómetro- sonreía señalando su predicción ¡Tiempo revuelto!, no era para menos.

 

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