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Última actualización 19:17
Viernes, 3 febrero 2017

La calle Félix Valverde Lillo, una cicatriz en el corazón de Mérida. (Primera parte)

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Mérida ha ido evolucionando al ritmo que le han marcado los tiempos y, a veces, ha sufrido cicatrices en sus entrañas ocasionadas por la falta de perspectiva a largo plazo a la hora de implantar soluciones cegados por los aires de modernidad.

 


Al centro de la ciudad se le hizo una profunda herida al querer convertir el capilar de la calle Félix Valverde Lillo en la arteria principal que llegara a su corazón. Se ensanchó el viario y se cambió la tipología edificatoria sustituyendo la arquitectura unifamiliar tradicional por grandes bloques de viviendas plurifamiliares. Había que acabar con el perfil del siglo anterior para convertirlo en el perfil de la gran ciudad que venía impuesto por los nuevos tiempos al abrigo de la modernidad y que debía tener Mérida. Esta intervención se hizo sin tener presente como afectaría dicha actuación a la estructura general de la ciudad.

 


Al nuevo flujo estacionario peatonal y rodado que se generó al aumentar la densidad edificatoria de esta vía urbana, se le sumó un mayor flujo dinámico que surgía al dar mayor facilidad para poder llegar al mismísimo corazón del casco urbano. Y es aquí donde se ocasiona el problema, ya que no se diseñó un esquema de viario lo suficientemente complejo que asegurase la fluidez. El esquema implantado no funciona actualmente, se ha quedado obsoleto, debido a la elevada densidad que ha llegado a adquirir el tráfico peatonal y rodado en la zona, encontrándonos con el hecho de tener una calle que no sirve a las demandas de los nuevos tiempos. A esto hay que sumarle el hecho de que la arquitectura que en su día fue derribada es irrecuperable; una tipología tradicional de vivienda unifamiliar y edificios históricos como el palacio del Duque de la Roca.

 


Haciendo un poco de memoria histórica de esta vía encontramos que fue empedrada y dotada de acerado en 1890, según proyecto de Rafael LLofrin, pero seguía conservando su escala urbana al no encontrarse todavía abierta la calle Camilo José Cela.

 


Las dos formas que se habían diseñado para llegar al centro de la ciudad por la zona norte eran las siguientes: la primera a través del callejón de los gitanos, actual calle Cervantes, que comunicaba con la estación de ferrocarril; para potenciar esta comunicación se amplió  el callejón 1864. La otra forma de acceder al centro por el norte era a través de la prolongación que se hizo de la calle Moreno de Vargas en 1883 para conectarla con la calle Almendralejo, y así poder acceder desde la carretera de Madrid.

 

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