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Última actualización 19:40
Viernes, 7 octubre 2016

El coro de los grillos

Cuando tenía nueve años aprendí a tocar la guitarra y puedo decir que, sin duda, ha sido una de las cosas que más satisfacción me ha dado en la vida. En el colegio, cantamos en grupo montones de canciones que nos apasionaban, con el poder que tiene la música de despertar intensas emociones. Esas notas y esas letras nos llegaban al corazón, haciéndonos sentir amor, felicidad, rabia, libertad (¡ay, Jarcha!)... incluso nostalgia. Aunque no sabíamos nostalgia de qué, pero la sentíamos. Son los maravillosos efectos especiales de la música.

 


Con el tiempo, llegamos a tener en nuestro repertorio  muchas canciones de Serrat, entre ellas “Retrato” del disco dedicado a Antonio Machado, en la que el poeta repasa su vida. Había una estrofa que me despertaba mucha curiosidad: “Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna. / A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente, entre las voces, una. / Converso con el hombre que siempre va conmigo...”. ¿Qué querría decir eso del hombre que siempre va conmigo?. Para una adolescente era difícil de comprender ese concepto. Pero, como también decía el poeta sevillano todo pasa... y todo queda.
Con el tiempo lo entendí. Nos pasamos el día hablando con nosotros mismos, en una suerte de conversación machacona que muchas veces no nos deja concentrarnos en lo que tenemos delante.
Y tenía razón Machado. Cuando dijo siempre, es siempre. De día y de noche, en verano y en invierno, en el norte y el sur. Pero ¿es que ese hombre no duerme? Cómo es posible que si me desvelo por la noche, se haya despertado un minuto antes que yo para empezar a recordarme la lista de todo lo que tengo que hacer y destacar, una a una, todas las preocupaciones que me rondan. Y muchas más que yo creo que se inventa, la verdad. Si lo dejamos, se pasa así todo el día, como un martillo pilón.

 


La verdad es que no sé si Machado se refería a esa voz interna que opina constantemente de todo lo que vemos, oímos, sentimos, tocamos y olemos. Que nos recuerda historias pasadas y temores futuros. Que es insistente, quejica y criticona. Pero a mí me ha servido esa imagen para poner el disco a mi favor.

 


Ahora hablo yo más que ese hombre y dirijo la conversación. Procuro tenerlo a raya, junto a los tenores huecos y al coro de los grillos, a los que también he llegado a identificar. Sigo cantando canciones que me emocionan y ahora tengo la suerte de compartir la afición con mi hijo. Y al cabo de los años, cada vez estoy más convencida de que la felicidad está ahí, entre las cuerdas de la guitarra.

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