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Vanessa Cordero Duque · Montijo
Última actualización 09:47
Miércoles, 17 agosto 2016

Al hombre que no mancilla la piel y el alma femeninas · Vanessa Cordero Duque · Montijo

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Te escribo a ti, al hombre que no eres,  al hombre que no lleva las manos llenas de espinas, te hablo a ti, al que mira a la mujer por encima de la falda y por debajo del alma. Te escribo a ti, al que no se esconde tras la cobardía de otros tantos como él, al que no quiebra el cielo de una mujer con el deseo descontrolado por malas hierbas y claveles de sangre. Estas letras son para ti, para aquel que no apaga sus frustraciones y vicios en un portal a oscuras del mundo,  para ese que no silencia la piel de una dama para hacer hablar a la suya.

Te escribo a ti, al hombre que sé que está, al que no rompe alas ni desordena su fuerza desgarrando la carne, los sentidos y la vida de ella, una “ella” a la que elegís como si se tratara de un juego de azar, vosotros, los que sois, la encontráis por la calle un día, una noche cualquiera, le vaciáis la fuerza con vuestras miradas tatuadas de odio, con la rabia enterrada en vuestras bocas, sucias, huérfanas de verdad, nubladas por las herméticas cenizas de un cromosoma “Y” que decidió irse al lavabo a secarse lo podrido de un cuerpo del que no quería formar parte.

Te escribo a ti, al hombre que no utiliza la tecnología para guardar en ella de por vida la atrocidad de otros seres vitoreados por uno mismo, a ti, que te da vergüenza ser hombre por algunos que nunca nacieron siéndolo, te escribo, y advierto en tus mejillas el rubor de tu decepción por el género masculino, porque tú no eres así, ni tu hermano, ni tu padre, ni tu amigo, y, sin embargo, ahí está la mirada crítica del mundo. Yo te entiendo.  Y por eso te escribo a ti.

Te escribo, porque tú aspiras a un abrazo que no huela a temblor y vanidad,  que sepa a unas manos de papel que no corta, porque en tus dedos hay una silla de enea donde ella puede descansar si las curvas del sol hoy no alumbraron los árboles de su paso, no, en tus dedos no hay rotas selvas, ni tigres al acecho de una mirada inocente, debe ser que los tuyos cruzaron las calles de la vida entre caricias azules y centenares de escalofríos de ternura y miel. Y los otros, imagino, que entre botellas vacías, insultos y golpes de superioridad, creyeron poder estar a la altura del verbo femenino. Son sombras del desprecio, el cuajado arrepentimiento de la creación,  las arrugas del terremoto emocional de esta sociedad…nacen… ¿y para qué?

Pero yo hoy te escribo a ti, al hombre de ahora, no al que parece haber sido engendrado en la prehistoria, yo te hablo a ti, al que camina contando besos y midiendo el calor de la piel que ama, yo le hablo al que sube la frente y atrapa al vuelo la lágrima de una mujer, yo te escribo a ti, al que deshilacha tristezas y recorre su vestido con sonrisas desbocadas de paciencia, al que rompe su reloj para que le dé tiempo a contarle las veces que le mira, a él le escribo, al que araña el aire para que navegue por el ombligo lleno de ansiedades que otros le dejaron para siempre.

Te escribo a ti, y tú, tú no eres dueño de las piernas de nadie, a ti las piernas te gustan enredadas en la misma dirección, con un tobogán de estrellas cubriendo las penas escarbadas y no inflamando de escarcha los desiertos inocentes de otra piel…  Le escribo al tacto de la serenidad, pero no a él, al hombre que provoca vértigos eternos a las caderas que ya quedaran por siempre perturbadas por las garras tenebrosas de sus injurias y canalladas, a él no, porque él no merece ni una palabra, ni una letra, solo la miseria violenta de la justicia sobre las barbaridades con la que derrotó los azules de una “ella”, de una “nosotras”.  Si hablase de él las sílabas se agazaparían en la vulva dolida, en las piernas vencidas, en el llanto inacabado, para no pronunciarlas, para que la piel pudiera escribirse como volviendo a nacer.

Te escribo a ti, al que bebe respeto bajo el remoto horizonte de la sombra ajena, al que es capaz de amar anteponiendo el leve toque de una sonrisa al placer inhumano que solo es justificable en la especie animal. Te escribo a ti, al que riza los labios y llora los estragos de la violencia que sopla hasta la muerte, te escribo, con los ojos cansados, arrastrando el horror sobre la tarde de mi ingenuidad mancillada de ira, mirándome en el espejo y encontrando en él a los perfiles de tantas mujeres que hoy no pueden ver más que un cielo lleno de navajas espinosas y fornidos y extenuados insomnios desvelados por los fantasmas del aliento de unas manos que convirtieron en roca y sangre cada resquicio de su carne, su libertad de elegir cómo, con quién y dónde, sus principios, su dignidad…
Te escribo a ti para curarme yo, para que tú te cures, para curarnos a medias, por un instante, te escribo a ti para que lleves mis palabras al mundo, para que tú me escuches y me escuchen todos, y me escuche yo, sin temblar, sin temblarnos las ansias de apretar los dientes,  sin que nos hagan tambalear las ganas…Te escribo a ti para que no vuelvan a silenciar nuestros cuerpos, nuestra piel, nuestro derecho a ser libres, paseando por la espalda de los días, y de las noches, sin miedo a las esquinas, a los pasos que se escuchan, al ruido de unas risas, a un portal abierto, a un hombre… a un hombre para el que no quiero volver a escribir…por eso te escribo a ti…al que no eres él…

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