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Pablo Rodríguez Pérez
Última actualización 20:02
Jueves, 11 agosto 2016

1516 - 2016 · Pablo Rodríguez Pérez · Montijo

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1516-2016

 

Seguimos reflexionando sobre el V centenario de la muerte del católico rey Fernando. El perfecto jefe de estado y el aragonés despiadado.

 

Más allá de relatar sus múltiples victorias como gobernante (Granada, Nápoles, Navarra...) sería conveniente hablar de aquello que le hizo presidir la institución del pragmatismo y la tiranía.

 

La oportunidad de hacerlo le vino como anillo al dedo tras la muerte de su mujer, aunque algunos contratiempos surgieron ante el hecho de gobernar en nombre de su hija, Juana, "la cautiva de Tordesillas".

 

El primero de los contratiempos fue su yerno, que ansiaba superar la popularidad que su suegro en teoría poseía. El segundo fue su hija, la reina propietaria de Castilla, la llamada "desventurada", que pese a que muchos consideraban desequilibrada, tenía planes para su pueblo y no quería permanecer en la estacada.

 

Pero, con el devenir histórico, la diosa fortuna se convirtió, sin lugar a dudas, en aliada de gala del aragonés, llevándose al otro barrio, barrio custodiado por san Pedro, a su yerno Felipe, el de la hermosura, el de las largas cabelleras y, además, amigo del francés.

 

El tiempo, que supone una de las más dolorosas pérdidas, irrecuperable y efímera, dio la victoria a Fernando. El católico aragonés apartó a su hija Juana y a su nieta Catalina del mundo real, quedando durante muchos años, poco rastro en sus vidas de prosperidad.

 

Aquel Fernando que murió en Madrigalejo, no muy lejos de la capital, año 1516, se llevó consigo, al más allá, una maleta de éxitos ensombrecidos a costa del sacrificio de su hija, una mortal como las demás.

 

Ya lo dijo el erudito, que realizó una impresionante labor en una bella ciudad castellana: "lamentablemente, una vez más, una mujer fue la gran sacrificada".

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