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Última actualización 19:09
Viernes, 1 julio 2016

Las mujeres casadas con sus maridos

El tiempo no pasa por un barril de pito tieso y boca abierta. No pasa por el ganchillo de un paño de macetero. No pasa por una mecedora de rejillas. Ni por un paseo sobre no más de treinta centímetros de sombra en la pared, en las tardes de abanico, agua fresca y siesta.

 


María German Brujera y Leonor Medina León, limpiadoras en el Instituto Vegas Bajas. El polvorín que había en el Peñón, cerca de Las Colonias. La gente ocupando el acerado en el que da la sombra y muy poca por la que da el sol, en la procesión del día de la Virgen de Barbaño. Los muchachos llamando a las puertas y tocando el timbre para luego salir corriendo. La primera oficina del Monte de Piedad y Caja General de Ahorros de Badajoz, que estuvo en la plazuela de las monjas. “Yo ya no soy ningún andoba, yo ya soy un señorito, me junto con don Bartol y alterno con el Pajarito”. Las trancas en las puertas. Los polos de helado hechos con gaseosa La Casera. Toribio Sánchez Melara vendiendo agua del pozo del Valle por la casas con cántaros de barro y luego con los de latón.

 


La oración antes de acostarse: “Cuatro esquinitas tienen mi cama, cuatro angelitos que me la guardan. Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo”; y también “Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”. La importancia que tenía en los exámenes el número de pulsaciones por minuto sobre una máquina de escribir. Es un metepatas por muy temprano que se levante. El grupo de lectura Pipa Magra, en el Cuello Duro: Pitarque, Palomino, Mateo y Gragera. Morenito de Montijo cantando los pasodobles “Campanera” y “Como en España ni hablar”. Catalina Manceñido, conocida cariñosamente por Catalina La Cantera, cuando iba a comprar a la carnicería de Pedro Julián y lo dejaba fiao, decía: “luego te lo mando, Pedro”, y remataba: “Jesucristo Dios y hombre verdadero, quiero pagar mis trampas pero pagarlas no puedo; que me pague el que me debe y que se joda el que debo yo”.

 


Carlos Gómez, que fue Jefe de la Oficina de Telégrafos. Miguel Díaz, hijo de Luis Díaz, dueño del bar Tupi, conocido como la taberna de Pichón, que llevó el bar del Instituto Vegas Bajas. Mi amigo Juan Félix Barril jugando a la pelota y los compañeros pidiéndole que se la pasara: “Guito toma, Guito dale, a las doce se cierran los portales”. Los muchachos corriendo por el asiento  de ladrillos del atrio de la iglesia de san Pedro, saltando para esquivar donde se apoyan los brazos como si fuese una carrera de saltos con vallas. Cuando en aquellos juegos te caías, te echabas las rodillas abajo y tu madre te las curaba con Mercuro Cromo, pareciendo luego que le herida había sido más grande debido a lo escandaloso de la mercromina. La empresa INHOR que construyó el Instituto Vegas Bajas y los primeros bloques de la Barriada Juan XXIII. Tiene mandanga el asunto.

 


Las coplas de la Gira de San Isidro: “El carrero que llevamos,/es un valiente carrero,/que va guiando las mulas/con muchísimo salero. San Isidro Labrador,/un ángel a ti te guía,/y hoy te celebran cantando/esta alegre romería. A la arena, a la arena,/al trigo, al trigo,/las mujeres casadas/con sus maridos”. Jugando al escondite, el que se quedaba contaba cien y luego buscaba a los que se había escondido; sí alguno lograba llegar al lugar dónde se había contado sin ser visto gritaba: “por mí y todos mis compañeros”, salvando así a todos. Las mujeres haciendo costura en las puertas de las casas. Las mujeres yendo a por agua con cántaros, cantarillas y barriles al pozo del Valle. El maestro panadero diciéndole a los aprendices: “podéis pellizcar el pan que hoy no viene los de la fiscalía”. ¡Vamos chicos, al tostadero! La Estrella, el rey de los cafés. Me pica la cintraqui, se va a revolver el tiempo. El disco sorpresa Fundador. Los albarillos. Vaya tarde pelá y mondá, chacha.

 

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