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Elisa Martín Crespo
Domingo, 28 febrero 2016

El emperador Augusto me robó el cumpleaños

Aunque parezca mentira, es así literalmente. Me lo robó. La historia se remonta a los años 40 antes de Cristo, cuando Julio César conoció el certero calendario egipcio y decidió corregir los desfases que regían el anuario de su imperio. El calendario romano tenía 10 meses de 36 días, más cinco de fiestas Saturnales. Empezaba   Marzo (dedicado a Marte), Abril (cuando abrían las flores), Mayo (dedicado a la diosa Maya), Junio (a la diosa Juno)…y ahí se les acabó la imaginación. El resto eran quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno y décimo. Estos cuatro últimos corresponden a nuestros  Septiembre, Octubre, Noviembre y Diciembre. El emperador, con la colaboración del astrónomo Sosigenes de Alejandría, elaboró el Calendario Juliano. Añadió dos meses más: Enero (dedicado al dios Jano) y Febrero, mes de las februas (purificaciones). En cuanto a los días, se fueron alternando 31 y 30, pero eso suma 366 y decidió quitarle un día a Febrero y quedarlo en 29. Dándose un homenaje a sí mismo, después de tan laboriosa tarea, el emperador le adjudicó a un mes su propio nombre: Quinto pasó a llamarse Julio desde entonces.

 

Tras su muerte, le sucedió su hijo adoptivo, el emperador Augusto, que en un ataque de vanidad planteó que también quería un mes propio, como su padre. No iba a ser menos, no señor. El siguiente mes sin nombre era Sexto, que pasó a ser nuestro tórrido mes de Agosto, en homenaje a este peculiar personaje.

 

  - “Pero..¡un momento! Julio (César ) con un mes de 31 días y yo, el gran Augusto con uno de 30?. ¡Ni hablar, hay que igualar como sea!. Le robamos un día a febrero que, total, ya está tocado. Y así empatamos.”

 

El senado, siempre fiel a los caprichos de sus dirigentes, pasó por el aro aprobando la reforma y hubo que recomponer el calendario para que no quedasen tres meses seguidos con 31 días, alterando de esta forma el orden de duración a partir de Septiembre. ¡Pobre Febrero, que malogrado quedó!. Eso sí, para liarlo más, cada cuatro años se le regala un día resultante de un desfase de 5 horas y 48 minutos que cada año quedan colgando. Y así aparece, de vez en cuando, el día 29.

 

 ¿Cuándo entro yo en esta historia? Pues cuando, mas de 2000 años después, se me ocurre nacer justo ese día. Por lo visto mi padre, en pleno sobresalto, quiso hacer también su particular arreglo en el calendario (en este caso familiar), e inscribirme el día 28 ó el 1 de marzo. A lo que mi madre, mucho más coherente y firme que senado romano, se negó. Desde entonces tengo el extravío de encontrarme sin cumpleaños las tres cuartas partes de mi vida, porque se lo llevaron al 31 de agosto. Y cada año, cuando llega esta fecha, me viene a la cabeza  un dicho de  la sabiduría popular: “Si quieres saber quién es Manolillo, dale un carguillo”. Cosas del poder.  

Elisa Martin, periodista y coach certificada

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