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Manuel García Cienfuegos
Última actualización 20:54
Jueves, 31 diciembre 2015

El Congoroco, mi vida, el Congoroco

Estos días, este tiempo, esta memoria que descorre las cerraduras para que escuchemos la canción de otros tiempos: “Qué será, será. Lo que será, será”, aplicable a la ilusión de la mañana del día de Reyes Magos, ante los juguetes esperados.

Las mujeres llevando los paneros para lavar la ropa en el pozo del “Agua cana”, que estaba abajo del cerro de San Gregorio. El maestro Julián Guzmán, cuando tenía la escuela en la calle Santa Ana, preguntando y los alumnos respondiendo ¿Qué es una plomada? Es una cuerda con un peso en su extremo, se deja caer y esa es la perpendicular del lugar. Andrés Pascual, que fue ayudante de la peluquería de Antonio Borro. Los lápices con la tabla de multiplicar. La churrería que tuvo Diego Ruiz en la calle Virgen de Barbaño. Los canarios de Pepe Codes en su casa de la calle Alonso Rodríguez. Sanguino, Alcón, Tirado, Emilio, Valentín, Gragera, Blanco, Gabi, Pedrito, Vera, Romero, Joselino, José María, Carretero, Juan María y Sanjuán, jugadores de la U.D. Montijo.

La fonda de Nieves Maqueda, en la calle de Mérida. Las excursiones que organizaban los colegios al zoo de Almendralejo. “Antón, Antón, Antón Pirulero, cada cual, cada cual que atienda a su juego”. El médico José Maria Ruiz Parejo que cuando escuchaba el sonido del afilador se iba a casa porque decía que traía mala suerte. El cantante Francisco Valenzuela Ávila, de nombre artístico Valen, cantando la mano de Dios, el humo de las fábricas, caminito de la playa y en cualquier lugar del mundo, en el Festival de las Vegas Bajas, en el cine Emperatriz de verano. Las ‘casas discretas’ que hubo, hace años, al final de la calle Salmerón. “Échale una firma al brasero”, expresión que se empleaba para mover las brasas con la badila para que éste calentase más. Cuando las madres nos limpiaban los churretes de la cara mojando con saliva un pañuelo y refregándolo sobre ella. Pepita Capote tocando el piano. Registrando con un dedo introducido en el culo de una gallina para ver si va a poner o no un huevo. Ir a pagar el sello al Sindicato. Calcio 20 y Ceregumil.

La peluquería de Herminia Ríos, en la calle de Atrás, hoy Esteban Amaya, hermana de Ríos, el taxista, que hacía a las clientas la permanente de caracolillo a base de bigudíes con pinzas y vapor. Un Lucky Strike. Mi amigo Antonio Rodilla, que llama a la terraza del casino “Pasarela spanish square fashion look”, vaya arte, Antonio. El tic-tac del reloj despertador Cyma en la mesita de noche, con la estampa de la Virgen de Barbaño debajo del cristal. Los pasamontañas y los guantes de lana de la edad de la infancia. La notaría de Julián Clemente Alemán. Francisco Coto Pacual, conocido cariñosamente como Pachi, vendiendo cupones de la Once. Ramucho, cantando y bailando en el Teatro Mari Paqui, el de la alegre simpatía, “El Congoroco, mi vida, el Congoroco, el que lo baila también le sabe a poco”. La escuela del maestro Ángel Huertas, en la calle de Mérida.

“Escarabajo bajo, échate a volar, que vienen los moros y te van a matar con un cuchillo de palo y corcha quemá”. El pescado que llegaba a las pescaderías sobre un manto de helechos y cubierto por un toldo. Las latas de aceite de oliva Manolete que vendía Auto Servicio Serrano, en la calle López de Ayala. La muñeca de porcelana vestida con un traje de lunares que tenía el escaparate del comercio de María la Portuguesa, junto con la máquina de forrar botones. Los futbolines de Pedro y Santiago, que estaban junto al bar de las Cinco Casas, hoy Misisipi, en la calle Gómez Ulla. El bar de Emilio Moreno, en la Puerta del Sol. Las bombonas de butano de color azul. El horno de Alfonso Serrano, en el camino viejo de Barbaño. “Con el aire que lleva la Florentina, con la teta derecha partió la esquina”. Piensos Provimi. La expresión “puso los pies en polvorosa, chacho”.

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