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Ana María Moreno Vaquera
Última actualización 10:42
Miércoles, 1 abril 2015

Alonso Moreno Muñoz, mancebo de farmacia

De carácter dicharachero, Alonso ha conseguido el cariño de sus vecinos, que lo galardonaron como Poblanchino del año 2012 por su trayectoria laboral y personal pero, sobre todo, por su entrega generosa, siempre al servicio de los demás.
Pionero en participar en la Cabalgata de Reyes, en Carnavales,… allá por los setenta. Pertenece a la Hermandad de la Real Asociación de Caballeros de la Virgen de Guadalupe. También es cofrade, animador en la ofrenda a la Virgen de la Inmaculada Concepción y colaborador en cuantas celebraciones religiosas le demandan.

Alonso es hijo de Fernando y Andrea, naturales los dos de Puebla de la Calzada, así como toda la familia paterna. Aunque por la parte de madre sus abuelos procedían de Fuentes de Béjar, Salamanca.


¿Profesión de su padre?

Era maestro porque estudió en los jesuitas de Villafranca de los Barros, aunque no ejerció en los colegios, solo trabajó en lo privado, dando clases particulares, especialmente latín y matemáticas y preparó para las oposiciones de la Guardia Civil. Y también puedo decir que era Arbitro de Futbol con el equipo del Morante.

Tengo una hermana, que es religiosa y pertenece a la congregación Misionera de la Doctrina Cristiana, y reside en Guareña desde hace unos años.


 

¿Dónde estudió?

En Salamanca, dos cursos, con los Escolapios. Tenía 15 ó 16 años, después estudié con mi padre, en sus clases particulares. A él le debo casi todo lo que sé.


 

¿Quiénes eran sus mejores amigos de la infancia?

Los recuerdo bien: Luis Gallego, Herminio González, Ángel Soltero... éramos una pandilla grande y de Montijo. Un poco mayor tuve vinculación con los Salesianos y con el Centro Juvenil Domingo Sabio donde después de las clases nos juntábamos para realizar actividades: juegos de mesa, teatro y futbol. Fueron unos años de convivencia muy buenos, entorno a la década de los setenta. Pasaron muchos salesianos que se dedicaban a coordinar estas actividades.


 

¿Algún maestro que le aportara más que otros?

Don Alberto, un salesiano muy querido por todos; seguimos teniendo una gran amistad con él y casi todos los años, por Navidad o Semana Santa, nos reunimos con él.

Se inició en este centro juvenil la cabalgata de Reyes por aquellos años del 73 ó 74, después fue el ayuntamiento el que se encargó de organizarla.

Aunque quien más me enseñó fue mi padre.


 

¿Dónde hizo la mili?

En Sevilla, en Infantería, en el Soria 9. Duraba 15 meses, y unos dos meses de campamento en Obejo.  Nos daban la comida en “marmetas”, unos recipientes de aluminio blanco, muy malas. Hice la mili con Paco Ramos, con quien me une una gran amistad, al igual que a su familia. Otros compañeros fueron Emilio Muro, Cristóbal, Juan..., diez u once, que nos hicimos amigos y procedíamos de Puebla. Todos compartíamos los paquetes, envueltos en papel de estraza atados con una cuerda, que nos llegaban de casa con la comida del pueblo que contenía los chorizos y las perrunillas que se hacía en la familia. Veníamos casi todos los fines de semana, menos los dos meses de campamento porque me daba miedo hacer autostop y no quería mentirle a mi padre. Otros reclutas más atrevidos sí se venían haciendo autostop.

 


¿Cuándo entra en la farmacia?

En la farmacia he estado 40 años porque me jubilé el 31 de diciembre del 2014. Entré en el 74, recién terminada la mili. Poco después fue el fallecimiento de Franco y la proclamación del Rey en 1975.



¿Quién lo introdujo?

Mi madre tenía una gran amistad con los que eran los dueños de la farmacia, mi padre también, y le propusieron para estar unos ratos en la farmacia, para pasar un tiempo viendo las recetas y colocando las medicinas, siempre detrás del mostrador, en la rebotica. Cuando viene de la mili entré ya a formar parte de la plantilla.

El padre de mi amigo de la infancia, Herminio González, era el que estaba de auxiliar de farmacia allí, y fue el que me enseñó todo lo necesario para desenvolverme en mi trabajo de mancebo. Una vez que Manolo, natural de Montijo, se jubiló, me quedé yo sólo de auxiliar. Entre la amistad de mi madre con los dueños y mi amistad con Manolo conseguí entrar a trabajar y aprender el oficio. Luego hice cursos de auxiliar de farmacia para desarrollar mejor mi trabajo.

 


¿Quiénes eran los dueños?

Los señores de Hernández Piñero que eran de Puebla. Después la compró Joaquín Pato, con quien estuve muchos años solo, a principios de los 80 cuando se jubiló Manolo.

 


¿Siempre fue farmacia o se llamó botica?

En aquella época, las personas mayores decían más botica que farmacia. A Manolo lo conocían por “el de la botica”. Ahora la gente pequeña no sabe ni qué es eso. La botica era donde se reunía el médico, el cura, el maestro y el boticario pero ya en los años 70 yo no recuerda la rebotica ni ninguna reunión. Eso sería de épocas anteriores, allí, al menos no había tertulias ni nada parecido.


 

¿Siempre ha estado situadas en el mismo lugar?

En la misma calle sí. Cuando yo entré estaba enfrente de donde se encuentra ahora. Antes se llamaba la calle Puerto y, actualmente, en homenaje al practicante, que siempre vivió en esa calle, se llama calle Alfonso González, un gran hombre que se merece todos los homenajes y fue muy querido en el pueblo. Un trabajador que se levantaba a las 4 ó 5 de la mañana para atender a todos. Lo recuerdo yendo a pinchar montado en su bicicletina.

 


 ¿Qué conocimientos eran necesarios para ser mancebo?

Poquitos, ser buena persona, saber las cosas básicas, tener buen trato e ir adquiriendo los conocimientos necesarios para atender al público. Entonces había menos nombres y medicamentos.


 

¿En qué consiste el trabajo de un mancebo de farmacia?

En colocar los medicamentos en la estantería y aprendiendo a leer los nombres con esas famosas letras ininteligibles con las que los médicos rellenaban las recetas. Cuando aprendí, me decían: acércate a la estantería a por los medicamentos, que ya sabes donde los has colocado. Era totalmente distinto a ahora.

 


¿Recuerda su primer día de trabajo?

Pues no, pero imagino que estaría allí solamente viendo lo que hacía mi jefe Manolo. Viendo como se envolvía en el papel, que antes se cortaba en trocitos para tenerlo preparado, se pegaba con una goma que, previamente, se hacía con agua porque no había pegamento. Sumando, cantidad por cantidad, en bloques de 25, a mano todo, sin calculadora y mentalmente, y cerrando caja antes de acabar la jornada. Antes no había horarios tan definidos como ahora. Y estaban las guardias de los festivos y domingos.


 

¿Y el último en activo?

La gente, que sabía que era el último día, me deseaban lo mejor y la mejor de las suertes. No lo quise decir mucho, solo a mis íntimos. Pero lo pasé como un día normal y no quise hacer ninguna celebración especial.

 


¿Se conoce bien a un pueblo desde el puesto de atrás de un mostrador?

Yo sí. Familias enteras con nombres y apellidos, hijos, nietos… Me he dado mucho al pueblo y conozco, mejor dicho, conocía porque ahora, a todos, no. Hace unos años, cuando las fábricas y las empresas grandes funcionaban a pleno rendimiento y no habían cerrado, vinieron gente de fuera y de Montijo; se fueron a vivir a las nuevas urbanizaciones y se me despistan algunos nombres.

 


¿Le contaban su vida su parroquia habitual?

Sí, sí, lo mismo mujeres que hombres. Después de ir al médico me contaban todos sus problemas, principalmente de enfermedades y me pedían consejo sobre a quien dirigirse para intentar solucionar algún problema. En la época del señor Pato, yo pasaba muchas horas en el mostrador, años en los que yo era aún joven y como no tenía hijos ni prisa para irme a casa, me quedaba escuchando a la gente que necesitaba desahogarse. El mostrador era como un confesionario.

 


¿Tuvo más jefes?

Sí, el joven farmacéutico, Aurelio Carretero Gómez. Es hijo Aurelio Carretero, quien estuvo muchos años trabajando en la Farmacia de la Plaza de España de Montijo. Y, por último, tuve a Inmaculada Moriano Arroyo, de Villafranca de los Barros, la actual farmacéutica.

 


¿Qué le aportaron sus jefes?

Los señores de Hernández, un cariño grandísimo porque me dieron un oficio y me acogieron bien. 

El señor Pato, desde el año 82, hizo que me desenvolviera solo, hasta que la compró el nuevo farmacéutico. 

Mi periodo de trabajo con Aurelio, desde el año 2006 fue extraordinario. Él me enseñó, a base de paciencia, todo lo que sé de las nuevas tecnologías y me introdujo en el uso del ordenador, ya tan necesario para el trabajo, dado que tantos adelantos me impedían solucionar algunas cosas. Pero, gracias a la fidelidad de mis clientes, pude salir adelante. El que llegara un farmacéutico joven e innovador a la farmacia fue estupendo. Toda la familia Carretero me acogieron como un hijo, hermano o padre. La prueba es que seguimos manteniendo una gran amistad. 

Yo tengo poca familia en Puebla y para mí son como mi segunda familia, lo digo con la boca grande. De Inmaculada, recuerdo, su viveza, su rapidez y su manera de ser.

 


¿Qué más familia tiene?

En Puebla solo tengo un primo hermano, José Calamonte. En Montijo también tengo familia, algunos primos como Alonso Matas, fotógrafo y Juan Andrés Mata y sus hermanos. Desde que faltan mis padres,  en Noche Buena ceno con mi primo Alonso y en Nochevieja, en casa de Aurelio padre o Aurelio hijo. Mis padres murieron hace quince años, los dos el mismo año.

 


¿Qué anécdotas reseñables puede contarnos?

Estando yo de vacaciones llegó un señor a pedir, el tío del bigote y el farmacéutico le dijo que estaba de vacaciones. “El tío dl bigote” era un linimento sloan, cuyo nombre no conocía Pato, mi farmacéutico, y cuando yo llegué me lo contaron y siempre ha servido de risas. O dame la pomada para el anzuelo en lugar de llamarlo orzuelo. O cuando atrapé a un ladrón...

 


 ¿Ha participado en las asociaciones del pueblo?

Me absorbía tanto la farmacia que no me quedaba tiempo para otras actividades, excepto las vinculadas con la parroquia. 

Animo la ofrenda de la Virgen la Inmaculada, nuestra patrona desde hace varios años en la plaza de España. Y participo activamente con las carrozas de la cabalgata de Reyes, vistiéndome también desde principios de los 70, junto con mi amigo Ufi Rubio, que fuimos los que empezamos. No quiero dejar pasar, nuestra participación en los primeros carnavales, allá por el 78 o el 79.

También, el día de la Inmaculada, preparo y engalano la balconada del ayuntamiento, plaza de España y todo el recorrido de la procesión hasta la ermita de la Virgen.

 


 Colabora con la iglesia activamente ¿de qué forma?

Hace años impartí clases de catequesis para niños y niñas de comunión y confirmación. También recibía yo catequesis de adultos. Cuando no había tanto ordenador y tanta técnica. Entonces se trabajaba con fichas. En confirmación tenías que prepararte bien porque las preguntas eran ya más importantes.

El párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación era Don Antonio Heredia que llevaba 27 años con nosotros. Este año lo ha sustituido un párroco joven, Don Fermín Luego, que tiene a la juventud revuelta porque tiene muchas ganas de trabajar y hacer muchas cosas novedosas.

 


¿Y en cofradías?

Desde 1980 pertenezco a la cofradía Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de los Dolores, que con la llegada de Don Manuel Grillo, que venía de Montijo y llegó de párroco a Puebla, se fundó y desde entonces pertenezco a ella.

 


¿Pertenece a alguna hermandad más?

Sí, pertenezco a la Real Asociación de Caballeros de la Virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura. 

 


¿Y le gusta el futbol?

Todos somos del Real Madrid, la última vez fui al Bernabéu con el farmacéutico Carretero y con su hijo. Jugamos con El Eibar  y ganamos por 3-0.

 


¿Realiza muchos viajes?

Conozco prácticamente todas las capitales de España, incluida Ceuta y Melilla. Al no gustarme mucho la playa mis vacaciones las dedico a viajes culturales. Sevilla es la que más me gusta y voy varias veces al año y no me pierdo ningún Corpus Cristi. También en el Vaticano, a última audiencia general del Papa Juan Pablo II. Conozco muchos países europeos y Tierra Santa.

 


Recibió el  galardón “Poblanchino del año 2012” de manos de su alcalde...

Sí, fue un día muy emocionante, el 23 de septiembre de 2012. Se habían reunido las asociaciones del pueblo y fui uno de los elegidos. Asistieron la mayoría de mis amistades y también se desplazaron dos amigos míos, Marta y Juan, desde Sevilla y me dieron una gran alegría. Aunque estoy acostumbrado a hablar en público, esa noche solo supe decir: Gracias, gracias, pero hay otras personas que se lo merecen más que yo.

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