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Manuel García Cienfuegos
Última actualización 21:23
Domingo, 3 mayo 2015

Sus manos

A propósito del Día de la Madre

 

Tuve la suerte de que me contaran, cuando era un niño, que las verdaderas noticias no son nunca las de las apariencias, sino las que están en los sentimientos. A lo largo de la vida he ido comprendiendo cómo la verdad suele estar siempre en las manos que se aferran a otras manos. Son las manos que te aprietan aliviándote de los desengaños que a veces nos produce la vida. Las manos que soportan las frías y traicioneras cuchilladas que, de pronto y porque sí, te aguardan y esperan en el cuello de las esquinas.

Hoy la memoria ha vuelto a reaparecer para evocarlas bajo las tristezas por los rescoldos que siempre produce la melancolía. La cera se ha derretido cayendo en el goterón denso que abrasa la palma de la mano hiriendo el amanecer suave que me traen las ausencias. Ellos siempre estuvieron apretando sus manos con las mías, queriendo, así, alargarme las auroras, las tardes y los días para que nunca abandonase el gesto al primero de todos los mandamientos, porque en él está todo, absolutamente todo.

Allí, uno frente al otro, sentados en sillas bajas, cosían en el taller que estaba dentro de casa.  En silencio, jamás los dos pretendieron ser más que nadie, porque nadie nunca lo es. El taller fue el mejor templo, el mejor recinto honrado, humilde y bueno que siempre tuve. Ahora las emociones y los afectos, desde la memoria, palpitan dictándome, nuevamente, el aroma del testamento que ellos me legaron.

Allí, en aquel templo, sus manos, aquellas manos me regalaron horas y horas de olor a ropa tendida, oreadas por un sol roto y rajado por la cal rizada, bajo aquel universo de luz que llenaba el patio de mis sueños. Las sábanas, las camisas, la ropa, los manteles…, todo oliendo a perfume limpio traspasado por la hermosa fragancia del jabón que se escapaba ondeado por el aire, pretendiendo detener el tiempo casi inmaculado del manantial de las nostalgias. Aquellas manos que compactaron la hornilla del serrín, avivado su fuego por el impulso de un soplillo de esparto. Que aliñaron las aceitunas depositadas en la orza de barro vidriado. Que cogieron la badila para remover el brasero de picón. Que almidonaron los cuellos de las camisas. Manos que movieron el molinillo de café y retorcieron con afán y entusiasmo la ropa lavada para escurrirla.

Ellos, los dos, guardaron celosamente la liturgia del almanaque del gozo que fueron labrando en el transcurrir jubiloso de los quehaceres y los días. Dos agujas y unas manos. Las de él anchas, grandes, ejercitadas, fuertes, protegidas por unas manijas, hechas para perforar el cuero de un zapato. Las tuyas, madre mía, siempre unidas al hilo, enhebrando las horas, porque tu corazón llevó prendido las puntadas emocionadas por la esperanza engarzada al bautizo de una canción alegre de vísperas.

Dos agujas en el ritmo del rito de un tiempo exacto y preciso. A veces se escuchaba el leve sonido del choque con el dedal en el zurcido de la talega de lienzo del pan. Ellos, sus manos, fueron quienes me dieron a oler el mejor sabor de la familia, las memorias y las caricias en el pan nuestro de cada día. Ellas, sus manos, me enseñaron a levantar y besar el pan caído del suelo. También me enseñaron que huyera de los demonios, gente mala, perversa y muy dañina que menosprecia, ofende y calumnia al pan nuestro de cada día.

Ellos me enseñaron a partir el pan en abrazos esenciales y fraternos en las honduras de las miserias de cada día. Sus manos me enseñaron que el Dios de los adentros sólo nos pide en la fragua de las entrañas de la conciencia ser personas honradas y de bien. Sus manos también me enseñaron que en las profundidades del pan está ese Dios que desea saciar cada día, calmando los alaridos del hambre que habita en los estómagos, por el injusto reparto que los hombres hacemos en la manera de concebir esta vida.

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