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Elisa Martín Crespo
Lunes, 7 julio 2014

Morir por un whatssap

De las muchas historias personales que se contaron en relación  a la tragedia de las Torres Gemelas de Nueva York, hubo una que a mí me llamó especialmente la atención. Se trataba de Carlos, un hispano que trabajaba una de las oficinas más altas de la segunda torre. Cada mañana, al despedirse de su mujer, ella le repetía que buscara otro trabajo, que esos rascacielos eran una provocación para los terroristas. Por eso, cuando se estrelló el primer avión, a él le saltaron todas las alarmas, entendió el peligro y bajó corriendo por las escaleras más de cien pisos. Cuando llegó a la calle no paró hasta varias manzanas después. Desde allí vio caer la segunda torre, donde murieron todos sus compañeros de trabajo,  que estaban llamando a sus amigos y familiares para contarles el evento de primera mano. Fue  lo último que hicieron.

Esto  me viene a la cabeza al saber que enviar un whatssap, un SMS o un correo electrónico en plena conducción tiene la culpa «de gran parte de los accidentes de tráfico por distracción» que se registran en España. Y es que parece que hemos perdido el sentido del peligro, que nos encontramos en la fantasía de que somos inmortales y que todo lo controlamos. Nada más lejos de la realidad, desgraciadamente. En  los últimos años se han producido en Extremadura numerosos accidentes por salidas de vía de un solo vehículo a todas las horas del día y de la noche. Aunque no sabemos las causas exactas, ahora entiendo que en las carreteras se nos ha colado  un enemigo letal, que es ese afán irresistible de estar continuamente conectados. Los psicólogos ya hablan de una auténtica adicción que nos hace salir  de la realidad, incluso ante un riesgo extremo.

Si el atentado de las Torres Gemelas se produjera ahora, creo que habría muchos menos supervivientes, porque ni el mismo Carlos se podría resistir a mandar mensajes, fotos, videos, twiter, retuiter y comentarios en Facebook. Con tanta tarea llegaría el segundo avión y encontraría el edificio hasta la bandera de  gente. Volviendo a las estadisticas, imagino  una escena que me pone los pelos de punta. Una persona en plena juventud conduciendo un coche en el que de repente se oye el aviso de un whatssap. Aparta la mirada y la atención de la carretera y tres segundos después se sale a toda velocidad por la cuneta, da varias vueltas y fallece. Así de duro y de triste. En su móvil, para desesperación de todos sus seres queridos, un mensajito con los elefantes haciendo la conga para celebrar la abdicación del rey Juan Carlos. Si hubiera un concurso de formas absurdas de perder la vida, esta se llevaría el primer premio. Sin ninguna duda.

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