Martes, 22 junio 2010

"No nací para esto, pero ésto me fue dado" (Recordando a José Saramago) · Fernando Gomecello Rodriguez · Puebla de la Calzada

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Fernando Gomecello Rodriguez · Puebla de la Calzada

Cada año, el 10 de diciembre, se celebra el Día de los Derechos Humanos y se hace entrega en Suecia de los Premios Nóbel correspondientes. Acto seguido tiene lugar un banquete en el Ayuntamiento de Estocolmo en el que los galardonados dirigen a los comensales unas palabras de agradecimiento, a modo de brindis.

En 1998 la Academia Sueca concedió el Premio Nóbel de Literatura al recientemente fallecido, el portugués José Saramago, modelo de intelectual de izquierdas comprometido con la sociedad y la Humanidad entera. Posicionado siempre con los más débiles nunca le faltó lucidez para criticar los abusos de los poderes establecidos. Ojalá que su obra, su coherencia y su activo ejemplo en vida sean conocidos y seguidos por las presentes y futuras generaciones.

A continuación, reproduzco el texto integro del brindis que pronunció José Saramago, de absoluta actualidad en estos tiempos en el que el capitalismo, sus insaciables “mercados”, sus conocidos especuladores y sus medios de comunicación, quieren hacernos pagar a la clase trabajadora y al pueblo en general, los efectos de una crisis que no hemos provocado y a la que somos incapaces de plantear una coherente alternativa de izquierdas, o de lo que queda de ella:

“Majestades, altezas reales, señoras y señores:

Se cumplen exactamente hoy 50 años de la firma de la Declaración de los Derechos Humanos. No han faltado conmemoraciones de esta efeméride. Sabiéndose, sin embargo, cómo la atención se cansa cuando las circunstancias le piden que se ocupe de asuntos serios, no es arriesgado prever que el interés público por este asunto comience a disminuir a partir de mañana mismo. Nada tengo contra estos actos conmemorativos, yo mismo he contribuido a ellos, modestamente, con algunas palabras. Y puesto que la fecha lo pide y la ocasión no lo desaconseja, permítaseme que diga aquí unas cuantas más.

Este medio siglo no parece que los gobiernos hayan hecho por los Derechos Humanos todo aquello a lo que moralmente estaban obligados. Las injusticias se multiplican, las desigualdades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se expande. La misma esquizofrénica Humanidad capaz de enviar instrumentos a un planeta para estudiar la composición de sus rocas, asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. Se llega más fácilmente a Marte que a nuestro propio semejante.

Alguien no está cumpliendo con su deber. No lo están cumpliendo los gobiernos, porque no saben, porque no pueden, o porque no quieren. O porque no se lo permiten aquéllos que efectivamente gobiernan el mundo, las multinacionales y plurinacionales cuyo poder, absolutamente no democrático, ha reducido a casi nada lo que todavía quedaba del ideal de la democracia. Pero tampoco estamos cumpliendo con nuestro deber los ciudadanos que somos. Pensemos que ninguno de los derechos humanos podría subsistir sin la simetría de los deberes que les corresponden, y no es de esperar que los gobiernos realicen en los próximos 50 años lo que no hicieron en éstos que conmemoramos. Tomemos entonces, nosotros, ciudadanos comunes, la palabra. Con la misma vehemencia con que reivindicamos los derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes. Tal vez así el mundo pueda ser un poco mejor.

No olvido los agradecimientos. En Francfort, el día 8 de octubre, las primeras palabras que pronuncié fueron para agradecer a la Academia Sueca la concesión del Premio Nóbel de Literatura. Di las gracias también a mis editores, a mis traductores y a mis lectores. A todos les vuelvo a dar las gracias. Y ahora también a los escritores portugueses y de lengua portuguesa, a los del pasado y a los de hoy; por ellos nuestras literaturas existen, yo soy sólo uno más que se les vino a unir. Dije aquel día que no nací para esto, pero esto me fue dado. Gracias, por tanto”

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